Días y horas como caras tengo. Unos más aburridos, otros más divertidos, aquellos más serios y los demás más complejos. Cada día es diferente, pero últimamente los míos son iguales. Entendedme, no es ni el tiempo atmosférico ni el biológico ni mismamente el tiempo presente que pasa en mi día sí día también, si no el que pasa en mi interior, en mi, llamémoslo, conocimiento. Cambios ha sufrido, muchos, demasiados para mi gusto. Cambio de 180º imposible de controlar. Noches en vela, angustia, insomnio y los pocos adjetivos negativos de mi entrada anterior. Es un bucle, un ciclo que por hoy, no tiene fin. Por desgracia la poca ingenuidad que me quedaba no la puedo recuperar. Una vez descubierta la realidad que me rodea, es imposible volver al mundo aparente. Hice escala en la objetividad y me ha sucumbido de tal manera, que ya no puedo escapar. Tampoco me interesa quedarme. Creo que prefiero quedarme levitando, porque cuánto más sé o creo saber, más dudas deciden asomarse sin permiso creándome un mar de pesadumbre; hambrienta a obtener respuestas.
El camino rectilíneo que atravesaba mi vida, se dividió en dos y tuve que elegir. No era consciente cuando lo hice, no sabía lo que me esperaba. ¿Si hubiera sido consciente qué camino hubiera escogido? Ni yo misma lo sé. Pero siempre vivir en el país de los sueños y las ilusiones, es mucho mejor que estar en el de la realidad, sin saber a qué aferrarte para escapar.
Dejé morir una parte de mí y creo que le estoy dando más importancia de la que tiene. Al fin y al cabo decidí hacerlo. Pude haberla salvado, sí, pude, pero no quise. No quise que la inocencia y la inexperiencia siguieran formando parte de lo que en su día fui, así que jugué al azar, y arriesgué. ¿Qué he conseguido? Experiencia, valor, fuerza, dudas, miedos, perspectivas. ¿Qué he perdido? Convicciones falsas. Aquellas en los que aún hoy día, cargan desosiego en las almas perdidas, y por ello, se aferran a una ficción, un tanto ajena a la realidad.
¿Podemos decir aún, que la ficción supera a la realidad?

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